No contestes. No hables. No opines. No digas nada, sólo lee. Te quiero. Te quiero. Te quiero. Te quiero. ¿Tan difícil es de entender? Te quiero. Son dos simples aunque significativas palabras. ¿No es suficiente? Si así es, allá voy.
Paso las horas pensando en ti. Mi libreta está llena de tus iniciales. Sólo pienso en el momento en que pueda volver a hablar contigo. Necesito ver tu sonrisa, oir tus carcajadas, oler tu perfume... necesito todas esas cosas. Sí, las necesito. No pasa un día sin que me acuerde de tus gestos, tus labios, tus manos...
Un puñal atraviesa mi cuerpo con cada respuesta indiferente. Ese “hoy no”... me mata por dentro. Entiéndelo, ahora tú estás dentro de mi. Formas parte de cada célula de mi cuerpo. Eres el principal pensamiento en mi cerebro. Me acuesto y me despierto pensando en ti.
Nunca descansas en mi cabeza, me mareas. Me haces pensar, reír, llorar... sin ni siquiera estar presente. A veces te quiero tanto, que resulta doloroso.
Para esa persona especial, de la imbécil que no puede parar de escribir cursiladas.
martes, 20 de septiembre de 2011
viernes, 16 de septiembre de 2011
Momentos extraños
Nadie va a estar ahí para siempre. Nunca serás la persona más especial para él. Pasarán los años, y tu recuerdo quedará en el olvido. Toda esa lucha contra el tiempo y la distancia que harás, no servirán para nada. La gente va y viene.
Nuestro cerebro nos hace pasar malos momentos. Momentos en los que todo es negro, en los que harías cualquier cosa con tal de olvidar toda esa mierda. Y la pregunta es, ¿para qué? No sirve de nada intentar maquillar las heridas, ya que tarde o temprano volverán a salir a flor de piel, y probablemente con más intensidad.
El día a día se volverá rutinario y aburrido. Nada tendrá ya emoción, y tus días se irán consumiendo. En cualquier momento, te pararás a pensar en todos los días que has perdido llevando esa mierda de vida, y ahí te arrepentirás de todo. Te arrepentiras de haberle amado, amarle i seguir amándole hasta el fin de tus días.
Y a pesar de todo lo dicho anteriormente, sólo puedo decirte que te quiero, que te echo de menos y que lo daría todo por tenerte otra vez a mi lado.
Nuestro cerebro nos hace pasar malos momentos. Momentos en los que todo es negro, en los que harías cualquier cosa con tal de olvidar toda esa mierda. Y la pregunta es, ¿para qué? No sirve de nada intentar maquillar las heridas, ya que tarde o temprano volverán a salir a flor de piel, y probablemente con más intensidad.
El día a día se volverá rutinario y aburrido. Nada tendrá ya emoción, y tus días se irán consumiendo. En cualquier momento, te pararás a pensar en todos los días que has perdido llevando esa mierda de vida, y ahí te arrepentirás de todo. Te arrepentiras de haberle amado, amarle i seguir amándole hasta el fin de tus días.
Y a pesar de todo lo dicho anteriormente, sólo puedo decirte que te quiero, que te echo de menos y que lo daría todo por tenerte otra vez a mi lado.
domingo, 11 de septiembre de 2011
Despedida
Hemos pasado muchos buenos momentos juntos. Paseando al sol, en la piscina, de vacaciones... pero esto tiene que acabar. No puedo seguir viviendo con tu recuerdo en mi mente! Sólo me hace mal, y necesito ser feliz. Ahora que volveré a mi rutina, será más fácil olvidarte. Pero no llores por favor, volveremos a encontrarnos!
De Noelia para el verano.
Te echaré de menos, mi fiel aunque fugaz amor.
De Noelia para el verano.
Te echaré de menos, mi fiel aunque fugaz amor.
viernes, 9 de septiembre de 2011
Reflexión
Abres los ojos, y todo está en su sitio. Tu habitación está igual que todas las mañanas. Nada cambia aparentemente, pero algo en tu interior no dice lo mismo. Pasas las noches en vela, pensando en todo aquello que te atormenta. Miles de preguntas te atacan por todos lados, y no sabes la respuesta de ninguna de ellas. Es extraña esa sensación de vacío que se siente cuando no encuentras aquello que buscas. Muchos intentan llenarlo con sonrisas y alguna que otra carcajada, pero bien sabes que nunca lo conseguirán.
A menudo, el vacío de nuestro interior depende sólo de una persona; nosotros mismos. Nos machacamos y torturamos hasta hacernos daño, insistiendo en aquellos horribles recuerdos o miedos que se almacenan en lo más profundo de nuestro pensamiento, y, lo peor de todo, es que nunca asumiremos la culpa.
Somos seres infelices. Pasamos la vida preocupados por el qué dirán. Nos sentimos mejor si los demás están a gusto con nosotros, sin pensar en qué dice nuestra propia mente.
El reflejo que nos devuelve el espejo nunca es de nuestro agrado, y esa opinión no cambia si no te persuade otra persona.
El egoísmo es nuestra forma de vida. Vivimos por y para nosotros, buscando únicamente una estabilidad emocional realmente inexistente. Todo lo que creemos cierto es mentira, y poca gente se ha dado cuenta de ello.
No podemos pretender encontrar nuestra felicidad en las bocas de otros. Nuestras palabras son las únicas que tienen voz y voto sobre nosotros mismos, aunque a veces cueste mucho aceptarlo. El primer te quiero que tenemos que recibir en un día, es el propio, y ninguno vale más que ese.
Quizá estas palabras queden en el olvido o no lleguen a ser leídas, pero la liberación de escribir lo que pienso y siento es mucho más satisfactoria que el mejor orgasmo.
A menudo, el vacío de nuestro interior depende sólo de una persona; nosotros mismos. Nos machacamos y torturamos hasta hacernos daño, insistiendo en aquellos horribles recuerdos o miedos que se almacenan en lo más profundo de nuestro pensamiento, y, lo peor de todo, es que nunca asumiremos la culpa.
Somos seres infelices. Pasamos la vida preocupados por el qué dirán. Nos sentimos mejor si los demás están a gusto con nosotros, sin pensar en qué dice nuestra propia mente.
El reflejo que nos devuelve el espejo nunca es de nuestro agrado, y esa opinión no cambia si no te persuade otra persona.
El egoísmo es nuestra forma de vida. Vivimos por y para nosotros, buscando únicamente una estabilidad emocional realmente inexistente. Todo lo que creemos cierto es mentira, y poca gente se ha dado cuenta de ello.
No podemos pretender encontrar nuestra felicidad en las bocas de otros. Nuestras palabras son las únicas que tienen voz y voto sobre nosotros mismos, aunque a veces cueste mucho aceptarlo. El primer te quiero que tenemos que recibir en un día, es el propio, y ninguno vale más que ese.
Quizá estas palabras queden en el olvido o no lleguen a ser leídas, pero la liberación de escribir lo que pienso y siento es mucho más satisfactoria que el mejor orgasmo.
La historia de Daima.
Daima llegó al mundo en una pequeña cabaña de su poblado. Hoy, diecisiete años después, llega como cada día de lavar la ropa de su familia, pero no todo estaba como de costumbre. Había un coche aparcado delante de su puerta. Ella se acercó, con un poco de miedo ya que no era normal ver coches rondando por allí. Dentro de éste, se encontraba un hombre trajeado de muy buen ver. En cuanto vió a Daima, se presentó. El hombre se llamaba Martín. Venía de España para cojer a chicas jovenes y darles un mejor futuro en su país. Esa misma noche, Martín cenó con los padres de Daima. Estos, dijeron que Daima iría con él, y cuando ganara dinero volvería al poblado con ellos.
Daima contaba los días que faltaban para marcharse, ya que pensaba que sería una gran oportunidad para sacar a su familia a delante. Poco a poco, llegó el día de su marcha a España. Cuando llegó al aeropuerto, quedó fascinada. Ella nunca había salido de su poblado, y ver allí unos enormes aparatos parecidos a los pájaros le impactó mucho. Se subió en uno de esos mastodontes y comenzó el vuelo. La alegría y la emoción la embargaron por completo, ¡iba a trebajar en España!
Cuando llegó, un coche lujoso y grande los esperaba en la puerta. Subió, y comenzó su viaje por las calles de Barcelona. Martín le explicaba todo lo referente a la ciudad, y a lo que se dedicaría. Tendría que limpiar en la casa de su familia, ayudando con los niños y de más cosas. A cambio, ellos le darían cobijo, comida y ropa. A Daima le gustó la idea, ya que es lo que hacía siempre en su casa. Muy contenta, bajó del coche y se adentró en la casa, pero aquel local no era el hogar que ella esperaba. Unas veinte chicas de su misma edad rondaban arriba y abajo en ropa interior, insinuándose a los hombres que tenían la mano llena de billetes. Al ver esto, Daima se puso a llorar. Sabía lo que le esperaba, ya lo había sentido de otras personas. Martín se transformó, le dió un increíble golpe y la obligó a entrar en una habitación y a cambiarse de ropa. Cada noche el infierno la visitaba, apoderándose de cada centímetro de su cuerpo a cambio de dinero para el jefe. Se sentía desgraciada. Quería hacer algo por ella y las otras veinte chicas que se encontraban en la misma situación que ella, pero no se le ocurría nada. Aquella misma noche, mientras estaba en su habitación llorando, entró una chica. Se llamaba Arkida, y era albanesa. La chica sintió el llanto de Daima y fue a consolarla. Estubieron hablando durante toda la noche, e hicieron un plan. Mientras atendieran a los clientes, les robarían la cartera. Luego, por la noche, se escaparían e irían como fuera a la policía.
Consiguió hacer un plan con una amiga para escapar de esa cárcel.
Al día siguiente, pusieron el plan en marcha. Daima robó la cartera de Juan Antonio Domínguez Romero, y Arkida el de José Otruño Martínez. Cuando todos dormían, salieron por la puerta trasera. Lamaron a un taxi y le rogaron al conductor que las llevara a la comisaría más cercana. Muertas de miedo, bajaron del taxi dispuestas a hablar con un policía, pero al llegar no habían. Martín y los señres de las carteras las esperaban en la puerta con cara de malas pulgas. Ellas echaron a correr desesperadamente. Llegaron a un portal abierto, y se metieron dentro. Picaron a un timbre. Era una señora mayor, muy castigada ya, que dormía hasta que llegaron. La viejecita, a pesar de el sueño que embargaba sus demarcados ojos, las escuchó. Muy afectada por la historia, las dejó pasar y les dió comida. Desde allí, llamaron a la policía para denunciar a Martín y a los demás.
Una viejecita amable les salvó la vida.
Daima y Arkida hablaban de la pena que les daba volver a su país sin dinero para su família, ya que es lo que habían prometido tras su marcha. Carmen, que así se llamaba la mujer, las escuchó. Ella ya estaba muy mayor para hacer las cosas de casa, así que les pidió que se quedaran con ella y la ayudaran hasta el final de sus días. Ellas aceptaron encantadas.
Carmen las contrató legalmente, por la tanto les hizo papeles. Ellas cumplieron con su trato, y la cuidaron lo mejor que sabían. El día que falleció Carmen, Daima y Arkida volvieron a su país con dinero en sus bolsillos para la família. Las demás chicas del club también regresaron a sus casas, contentas de ser libres otra vez. Y Martín y sus empleados, siguen en la cárcel por secuetro y abuso.
Daima i Arkida aprendieron que todo tiene solución si tienes esperanza, y cómo no, que dos cabezas piensan más que una.
Daima contaba los días que faltaban para marcharse, ya que pensaba que sería una gran oportunidad para sacar a su familia a delante. Poco a poco, llegó el día de su marcha a España. Cuando llegó al aeropuerto, quedó fascinada. Ella nunca había salido de su poblado, y ver allí unos enormes aparatos parecidos a los pájaros le impactó mucho. Se subió en uno de esos mastodontes y comenzó el vuelo. La alegría y la emoción la embargaron por completo, ¡iba a trebajar en España!
Cuando llegó, un coche lujoso y grande los esperaba en la puerta. Subió, y comenzó su viaje por las calles de Barcelona. Martín le explicaba todo lo referente a la ciudad, y a lo que se dedicaría. Tendría que limpiar en la casa de su familia, ayudando con los niños y de más cosas. A cambio, ellos le darían cobijo, comida y ropa. A Daima le gustó la idea, ya que es lo que hacía siempre en su casa. Muy contenta, bajó del coche y se adentró en la casa, pero aquel local no era el hogar que ella esperaba. Unas veinte chicas de su misma edad rondaban arriba y abajo en ropa interior, insinuándose a los hombres que tenían la mano llena de billetes. Al ver esto, Daima se puso a llorar. Sabía lo que le esperaba, ya lo había sentido de otras personas. Martín se transformó, le dió un increíble golpe y la obligó a entrar en una habitación y a cambiarse de ropa. Cada noche el infierno la visitaba, apoderándose de cada centímetro de su cuerpo a cambio de dinero para el jefe. Se sentía desgraciada. Quería hacer algo por ella y las otras veinte chicas que se encontraban en la misma situación que ella, pero no se le ocurría nada. Aquella misma noche, mientras estaba en su habitación llorando, entró una chica. Se llamaba Arkida, y era albanesa. La chica sintió el llanto de Daima y fue a consolarla. Estubieron hablando durante toda la noche, e hicieron un plan. Mientras atendieran a los clientes, les robarían la cartera. Luego, por la noche, se escaparían e irían como fuera a la policía.
Consiguió hacer un plan con una amiga para escapar de esa cárcel.
Al día siguiente, pusieron el plan en marcha. Daima robó la cartera de Juan Antonio Domínguez Romero, y Arkida el de José Otruño Martínez. Cuando todos dormían, salieron por la puerta trasera. Lamaron a un taxi y le rogaron al conductor que las llevara a la comisaría más cercana. Muertas de miedo, bajaron del taxi dispuestas a hablar con un policía, pero al llegar no habían. Martín y los señres de las carteras las esperaban en la puerta con cara de malas pulgas. Ellas echaron a correr desesperadamente. Llegaron a un portal abierto, y se metieron dentro. Picaron a un timbre. Era una señora mayor, muy castigada ya, que dormía hasta que llegaron. La viejecita, a pesar de el sueño que embargaba sus demarcados ojos, las escuchó. Muy afectada por la historia, las dejó pasar y les dió comida. Desde allí, llamaron a la policía para denunciar a Martín y a los demás.
Una viejecita amable les salvó la vida.
Daima y Arkida hablaban de la pena que les daba volver a su país sin dinero para su família, ya que es lo que habían prometido tras su marcha. Carmen, que así se llamaba la mujer, las escuchó. Ella ya estaba muy mayor para hacer las cosas de casa, así que les pidió que se quedaran con ella y la ayudaran hasta el final de sus días. Ellas aceptaron encantadas.
Carmen las contrató legalmente, por la tanto les hizo papeles. Ellas cumplieron con su trato, y la cuidaron lo mejor que sabían. El día que falleció Carmen, Daima y Arkida volvieron a su país con dinero en sus bolsillos para la família. Las demás chicas del club también regresaron a sus casas, contentas de ser libres otra vez. Y Martín y sus empleados, siguen en la cárcel por secuetro y abuso.
Daima i Arkida aprendieron que todo tiene solución si tienes esperanza, y cómo no, que dos cabezas piensan más que una.
Un futur perfecte
Fa deu anys, la Carme es va casar amb en Joan. Ja feia quatre anys que sortien junts, i s'estimaven com el primer dia. Totes les nits ell la trucava per desitjar-li bona nit, i dir-li que l'estimava amb tot el seu cor. Avui tot ha canviat, i si teniu una estona, us ho explicaré.
La Carme seguia casada amb el Joan, però ja res era com al principi. Un any després de casar-se, ell ja no actuava de la mateixa forma que abans. Ja no li demostrava el seu amor, i cada vegada era més distant. La Carme confiava en que només era una època, però els dies passaven i cada vegada anava a pitjor. En Joan només veia les coses que feia malament. La torturava psicològicament i la insultava fins a fer-la plorar desconsoladament. Quan arribava a aquest punt, en Joan li feia un petó al front i marxava a fer una altra cosa.
Els dies passaven, i poc a poc ella es feia més forta. Ja no li afectaven el seus insults ni les seves crítiques. Un dia qualsevol, en Joan va arribar de la feina com cada dia i va posar-se a dinar amb la Carme. Al provar el menjar, va començar a queixar-se del seu gust. Ella, farta de que aquesta història es repetís dia a dia, li va dir el que pensava realment; va dir-li que estava farta de que es queixés, i que si no li semblava bé que marxés amb una altra. Això només va ser el principi, però de sobte una mà va impactar amb força al seu rostre. No s'ho podia creure. En Joan, l'amor de la seva vida, la maltractava. Aquell cop li va obrir els ulls. No es deixaria tocar una altra vegada, així que es va aixecar de taula i va marxar cap a la porta, però quan la seva mà girava el pom, un braç la va atrapar. La pluja de cops era insuportable. Cada vegada se sentia més desgraciada, mentre que en Joan seguia i seguia. Aquells vint minuts van ser els més llargs de la seva vida. Quasi bé sense alè, es va aixecar del terra i va anar al lavabo per netejar-se les ferides. La seva cara estava inflada i tacada de sang. Va decidir anar-se'n a dormir, i al dia següent, amb més forces, ja les curaria.
Els dies passaven, i la Carme cada vegada tenia més por. Només una mirada del Joan, la feia plorar. Estava dèbil, cada dia més. El seu cos no aguantava tots aquells cops que dia a dia li anava propinant. Els blaus de la seva pell no marxaven, i li feia por que algú se n'adonés.
Una tarda, va decidir sortir a fer un volt, ja que pràcticament la casa era el seu únic espai vital. Va començar a passejar pels carrers del barri, mirant els aparadors de totes les botigues. Després de dues hores caminant, va decidir anar a prendre un cafè. Va parar al bar més pròxim i va seure a una taula. Minuts després, el cambrer va acostar-s'hi per prendre nota. La Carme va quedar fascinada; era alt, ros, ulls clars, somriure perfecte i molt amable. Aquest, enamorat dels seus ulls blaus, es va presentar. Es deia Martí, i era l'amo del bar. Van parlar durant hores. El veia tan bona persona, que sentia com si sempre hagués estat al seu costat. Contenta de trobar a algú tan meravellós, es va sincerar. Va explicar-li els problemes que tenia amb en Joan, i la por que li feia tornar a casa. En Martí li va oferir anar a casa seva a dormir, i al dia següent anirien tots dos a la comissaria a denunciar-lo, i així ho van fer.
La Carme va dormir a casa del Martí. Al dia següent, van marxar tots dos cap a comissaria a denunciar. Ja no tenia por. Se sentia una dona nova, més valenta. Al tornar a casa del Martí, caminava amb el cap ben alt, sabent que ja no havia de tenir por. En Martí, aprofitant aquell moment d'alegria, li va fer un petó. Ella portava ja molt de temps sense sentir aquell amor que fa que tot sigui meravellós, i li va contestar amb un altre petó. La Carme va abraçar-se al seu cos, amb els ulls tancats, pensant en el futur que li esperava, un futur perfecte.
La Carme seguia casada amb el Joan, però ja res era com al principi. Un any després de casar-se, ell ja no actuava de la mateixa forma que abans. Ja no li demostrava el seu amor, i cada vegada era més distant. La Carme confiava en que només era una època, però els dies passaven i cada vegada anava a pitjor. En Joan només veia les coses que feia malament. La torturava psicològicament i la insultava fins a fer-la plorar desconsoladament. Quan arribava a aquest punt, en Joan li feia un petó al front i marxava a fer una altra cosa.
Els dies passaven, i poc a poc ella es feia més forta. Ja no li afectaven el seus insults ni les seves crítiques. Un dia qualsevol, en Joan va arribar de la feina com cada dia i va posar-se a dinar amb la Carme. Al provar el menjar, va començar a queixar-se del seu gust. Ella, farta de que aquesta història es repetís dia a dia, li va dir el que pensava realment; va dir-li que estava farta de que es queixés, i que si no li semblava bé que marxés amb una altra. Això només va ser el principi, però de sobte una mà va impactar amb força al seu rostre. No s'ho podia creure. En Joan, l'amor de la seva vida, la maltractava. Aquell cop li va obrir els ulls. No es deixaria tocar una altra vegada, així que es va aixecar de taula i va marxar cap a la porta, però quan la seva mà girava el pom, un braç la va atrapar. La pluja de cops era insuportable. Cada vegada se sentia més desgraciada, mentre que en Joan seguia i seguia. Aquells vint minuts van ser els més llargs de la seva vida. Quasi bé sense alè, es va aixecar del terra i va anar al lavabo per netejar-se les ferides. La seva cara estava inflada i tacada de sang. Va decidir anar-se'n a dormir, i al dia següent, amb més forces, ja les curaria.
Els dies passaven, i la Carme cada vegada tenia més por. Només una mirada del Joan, la feia plorar. Estava dèbil, cada dia més. El seu cos no aguantava tots aquells cops que dia a dia li anava propinant. Els blaus de la seva pell no marxaven, i li feia por que algú se n'adonés.
Una tarda, va decidir sortir a fer un volt, ja que pràcticament la casa era el seu únic espai vital. Va començar a passejar pels carrers del barri, mirant els aparadors de totes les botigues. Després de dues hores caminant, va decidir anar a prendre un cafè. Va parar al bar més pròxim i va seure a una taula. Minuts després, el cambrer va acostar-s'hi per prendre nota. La Carme va quedar fascinada; era alt, ros, ulls clars, somriure perfecte i molt amable. Aquest, enamorat dels seus ulls blaus, es va presentar. Es deia Martí, i era l'amo del bar. Van parlar durant hores. El veia tan bona persona, que sentia com si sempre hagués estat al seu costat. Contenta de trobar a algú tan meravellós, es va sincerar. Va explicar-li els problemes que tenia amb en Joan, i la por que li feia tornar a casa. En Martí li va oferir anar a casa seva a dormir, i al dia següent anirien tots dos a la comissaria a denunciar-lo, i així ho van fer.
La Carme va dormir a casa del Martí. Al dia següent, van marxar tots dos cap a comissaria a denunciar. Ja no tenia por. Se sentia una dona nova, més valenta. Al tornar a casa del Martí, caminava amb el cap ben alt, sabent que ja no havia de tenir por. En Martí, aprofitant aquell moment d'alegria, li va fer un petó. Ella portava ja molt de temps sense sentir aquell amor que fa que tot sigui meravellós, i li va contestar amb un altre petó. La Carme va abraçar-se al seu cos, amb els ulls tancats, pensant en el futur que li esperava, un futur perfecte.
La pesadilla
Caigo de la cama, pero no existe el suelo. Empiezo a caer en un vacío interminable. Tengo miedo, no se cuando acabará. Pasan los minutos y mi caída no cesa. El paisaje cambia, cada vez es de un color distinto. De pronto, me paro a dos centrímetros del suelo. Me enderezo. Estoy en un bosque, donde una criatura horripilante se acerca desprendiendo un olor fétido. Empiezo a correr, y consigo huir.
Sin darme tiempo a respirar, vuelvo a caer. Esta vez, paro en un gran descampado. Es de noche, y se oyen ruidos por todos lados. Mi cabeza no entiende lo que me pasa, así que me echo a llorar como una niña pequeña. Las horas pasan y sigo ahí, tendida en el suelo.
Vuelve esa sensación, caigo y caigo, me siento impotente. No consigo divisar un principio, un final o alguna luz que me guíe.
Mis ojos se abren asustados, y me encuentro immersa en la oscuridad de mi habitación. Enciendo la luz, y todo está en su sitio. Ha sido simplemente una pesadilla.
Sin darme tiempo a respirar, vuelvo a caer. Esta vez, paro en un gran descampado. Es de noche, y se oyen ruidos por todos lados. Mi cabeza no entiende lo que me pasa, así que me echo a llorar como una niña pequeña. Las horas pasan y sigo ahí, tendida en el suelo.
Vuelve esa sensación, caigo y caigo, me siento impotente. No consigo divisar un principio, un final o alguna luz que me guíe.
Mis ojos se abren asustados, y me encuentro immersa en la oscuridad de mi habitación. Enciendo la luz, y todo está en su sitio. Ha sido simplemente una pesadilla.
Atardeceres
Miedo es lo que sentí aquella noche, cuando oí aquellos gritos en la habitación de al lado. Por lo que mi madre me contó, estaba vacía, pero pude comprobar que no con mis propios ojos.
Entré, y vi una silueta humana escondida en la oscuridad. Era muy peluda, y de grandes dimensiones. Sus manos acababan con unas uñas afiladas, y desprendía un olor putrefacto. Quise acercarme para observarla mejor, pero mis piernas no querían moverse. Esa cosa empezó a caminar cautelosamente hacia mí. Entonces lo ví a la luz del pasillo. Quise gritar, pero tenía un nudo en la garganta. De repente aparecieron dos más; una pequeña y flacucha y otra grande y robusta. Salí corriendo de aquella pesadilla hecha realidad. Fui a despertar a mi madre, pero la cama estaba vacía.
“¡Espera, no te muevas!” Pensé por dentro preocupado al notar una presencia bastante extraña cogiéndome de la mano. Apretó sus uñas sobre mi piel haciéndome una profunda y dolorosa herida.
Los rayos del sol, penetraron por la ventana. Se oyó un fuerte ruido, y, seguidamente, las voces de mi familia.
Un mes después, la herida había cicatrizado, y no tenía más que una pequeña marca rojiza en la palma de mi mano. Mi madre comenzó a hacerme preguntas sobre lo ocurrido aquella noche. Parecía muy interesada, demasiado incluso, y llegué a pensar que podía saber más de lo que contaba. Mis respuestas no fueron satisfactorias para ella,aunque tampoco quise revelar demasiada información.
Aquella noche, no pude dormir. Me quedé tumbado en la cama, mirando al techo y pensando en todo lo ocurrido. ¿Qué eran? Por más que lo pensaba, no le encontraba respuesta. Pero entonces, sucedió.
Volví a escuchar esos gritos al otro lado de la pared, pero no me asustaron. Oí mi nombre entre ellos, y cada vez se hacía más fuerte. Tenía curiosidad, y estaba excitado. Me levanté de la cama y fui decidido, sin miedo alguno. Al abrir la puerta, la potente luz de la luna se clavó en mis ojos. Empecé a cambiar, mi cuerpo se ensanchó y se llenó de pelo. Un rugido feroz salió de lo más profundo de mi pecho. Comenzaba la caza.
Entré, y vi una silueta humana escondida en la oscuridad. Era muy peluda, y de grandes dimensiones. Sus manos acababan con unas uñas afiladas, y desprendía un olor putrefacto. Quise acercarme para observarla mejor, pero mis piernas no querían moverse. Esa cosa empezó a caminar cautelosamente hacia mí. Entonces lo ví a la luz del pasillo. Quise gritar, pero tenía un nudo en la garganta. De repente aparecieron dos más; una pequeña y flacucha y otra grande y robusta. Salí corriendo de aquella pesadilla hecha realidad. Fui a despertar a mi madre, pero la cama estaba vacía.
“¡Espera, no te muevas!” Pensé por dentro preocupado al notar una presencia bastante extraña cogiéndome de la mano. Apretó sus uñas sobre mi piel haciéndome una profunda y dolorosa herida.
Los rayos del sol, penetraron por la ventana. Se oyó un fuerte ruido, y, seguidamente, las voces de mi familia.
Un mes después, la herida había cicatrizado, y no tenía más que una pequeña marca rojiza en la palma de mi mano. Mi madre comenzó a hacerme preguntas sobre lo ocurrido aquella noche. Parecía muy interesada, demasiado incluso, y llegué a pensar que podía saber más de lo que contaba. Mis respuestas no fueron satisfactorias para ella,aunque tampoco quise revelar demasiada información.
Aquella noche, no pude dormir. Me quedé tumbado en la cama, mirando al techo y pensando en todo lo ocurrido. ¿Qué eran? Por más que lo pensaba, no le encontraba respuesta. Pero entonces, sucedió.
Volví a escuchar esos gritos al otro lado de la pared, pero no me asustaron. Oí mi nombre entre ellos, y cada vez se hacía más fuerte. Tenía curiosidad, y estaba excitado. Me levanté de la cama y fui decidido, sin miedo alguno. Al abrir la puerta, la potente luz de la luna se clavó en mis ojos. Empecé a cambiar, mi cuerpo se ensanchó y se llenó de pelo. Un rugido feroz salió de lo más profundo de mi pecho. Comenzaba la caza.
El final
Mai no hauria pensat que tot acabaria d'aquesta manera.
Era en Manel, un home de trenta-vuit anys, amb una vida monòtona i avorrida. Vivia sol a un petit pis al centre de Nova York, on la única distracció era treure el cap per la finestra i mirar als centenars de japonesos que passaven amb les seves càmeres fent-li fotos a quasi bé tot.
Aquell 11 de setembre, com cada dia, vaig sortir de casa per anar a la feina. Eren les sis del matí, i el metro estava ple de gent adormida amb cara de pomes agres. El trajecte va ser, com de costum, un calvari: gent empentant per sortir i entrar, nens petits plorant, homes grans vestits d'oficina badallant i roncant contínuament...
Una vegada a la feina, vaig seure al meu lloc i vaig començar, com cada dia, a signar documents, agafar trucades i assessorar als clients. Era una feina bastant avorrida, però no podia fer-hi res; no sabia fer altra cosa.
Les hores passaven lentes, només eren dos quarts de nou. Estava fart de la feina, l'oficina i tot el que l'envoltava, i vaig decidir sortir al carrer. La brisa fresca del matí em va tocar a la cara. En aquell moment, tot semblava molt millor. Vaig seure a un petit banc, i, amb els ulls tancats, vaig reflexionar sobre la meva vida, però els meus pensaments van ser interromputs pel remordiment. Havia d'anar a la feina. Era l'únic que tenia a la vida, i si la deixava, no em quedaria res. Vaig pujar a l'ascensor una altra vegada, i, quan només havia pujat quatre pisos, vaig sentir un trèmol esgarrifant seguit del que semblava una explosió. L'ascensor es va parar, estava mort de por. Sentia crits des de l'altre costat d'aquelles portes de ferro. Em vaig quedar a les fosques. No sabia què passava, però la desesperació de tota aquella gent m'espantava. No tenia res a perdre, la meva vida era buida, però no volia morir.
L'última cosa que recordo, és una altra explosió, i la negror. Tot va acabar, ja no hi podia fer res. Jo, Manel Cases Gómez, vaig morir a aquell 11 de setembre, a l'atemptat de les torres bessones.
La meva mort, va ser insignificant: no tenia família, amics o algú que em trobés en falta. Però tota aquella gent d'allà fora, segur que en tenien. Milers de famílies van quedar destrossades, amb una cadira buida a taula tots els dies per dinar. Centenars de parelles van notar aquella soledat al llit, sense ningú a qui abraçar i estimar. La vida de moltes persones va ser robada, sense permís. Gent jove, amb il·lusions, projectes, família, amics... Però ja estava fet, ja estava tot perdut.
Era en Manel, un home de trenta-vuit anys, amb una vida monòtona i avorrida. Vivia sol a un petit pis al centre de Nova York, on la única distracció era treure el cap per la finestra i mirar als centenars de japonesos que passaven amb les seves càmeres fent-li fotos a quasi bé tot.
Aquell 11 de setembre, com cada dia, vaig sortir de casa per anar a la feina. Eren les sis del matí, i el metro estava ple de gent adormida amb cara de pomes agres. El trajecte va ser, com de costum, un calvari: gent empentant per sortir i entrar, nens petits plorant, homes grans vestits d'oficina badallant i roncant contínuament...
Una vegada a la feina, vaig seure al meu lloc i vaig començar, com cada dia, a signar documents, agafar trucades i assessorar als clients. Era una feina bastant avorrida, però no podia fer-hi res; no sabia fer altra cosa.
Les hores passaven lentes, només eren dos quarts de nou. Estava fart de la feina, l'oficina i tot el que l'envoltava, i vaig decidir sortir al carrer. La brisa fresca del matí em va tocar a la cara. En aquell moment, tot semblava molt millor. Vaig seure a un petit banc, i, amb els ulls tancats, vaig reflexionar sobre la meva vida, però els meus pensaments van ser interromputs pel remordiment. Havia d'anar a la feina. Era l'únic que tenia a la vida, i si la deixava, no em quedaria res. Vaig pujar a l'ascensor una altra vegada, i, quan només havia pujat quatre pisos, vaig sentir un trèmol esgarrifant seguit del que semblava una explosió. L'ascensor es va parar, estava mort de por. Sentia crits des de l'altre costat d'aquelles portes de ferro. Em vaig quedar a les fosques. No sabia què passava, però la desesperació de tota aquella gent m'espantava. No tenia res a perdre, la meva vida era buida, però no volia morir.
L'última cosa que recordo, és una altra explosió, i la negror. Tot va acabar, ja no hi podia fer res. Jo, Manel Cases Gómez, vaig morir a aquell 11 de setembre, a l'atemptat de les torres bessones.
La meva mort, va ser insignificant: no tenia família, amics o algú que em trobés en falta. Però tota aquella gent d'allà fora, segur que en tenien. Milers de famílies van quedar destrossades, amb una cadira buida a taula tots els dies per dinar. Centenars de parelles van notar aquella soledat al llit, sense ningú a qui abraçar i estimar. La vida de moltes persones va ser robada, sense permís. Gent jove, amb il·lusions, projectes, família, amics... Però ja estava fet, ja estava tot perdut.
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